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viernes, 10 de abril de 2015

Epifanía


Este es uno de esos momentos en que el mundo se revela ante mis ojos. Un mundo que no existe en el plano de lo sensible, pero que existe en mi imaginación. Por lo tanto, le otorgo existencia en el mundo real.
Tal vez sea algo que exceda las palabras. Intentar explicarlo se me hace problemático. Pero es uno de los pocos medios de expresión que domino. Por eso lo intento de esta forma. 
Hay días en que soy ausente. La vida me pasa entre cotidianeidad y materialidad.
Este es un momento completamente opuesto, que tengo la gracia de vivenciar cada tanto. Es una especie de trance, en el cual me siento hipersensible a todas las cosas que me rodean, me inspiran y me llevan más allá de lo posible. Ante mi mente -si tal cosa existe- se revelan nuevas utopías, puertas que se abren más allá de lo conocido, al menos de lo conocido por mí. 
Es entonces cuando el tiempo se frena. Todo lo cotidiano se vuelve extraño. Ojos nuevos en el mismo mundo que hace instantes era ordinario. Y ya no sé si veo lo que veo o veo lo que mi mente proyecta sobre los objetos que veo. No sé si escucho elementos sonoros de la vida o si mis oídos lo están creando a medida que suenan. Todo lo posible cobra nuevas formas, todo lo que percibo me hace preguntas o me da nuevas respuestas a viejos enigmas. 
No es una experiencia sensible. No se trata de cambiar las imágenes de color ni de forma, ni tampoco de cambiar las cualidades de los sonidos. Se trata de mirarlos y oirlos (o incluso captarlos por medio de otros sentidos) de forma diferente a la habitual, y que a partir de ello se me revelen pensamientos hasta entonces dormidos. Deseos, conceptos, puntos de vista, sensaciones, sentimientos, anhelos, cobran una transparencia que los hace permeables a mí y que me transportan a un presente distinto, un aquí y ahora transformado.
En momentos como el presente, un sonido, una palabra, una imagen, una idea, me dispara reflexión y me genera ansiedad por seguir buscando aquello que no se me define claro ni evidente. Es el estado en el cual me siento íntegramente viva, absolutamente consciente pero atravesada por mi poderoso inconsciente. Plenitud del momento, realidad de todo lo posible y lo imposible.
Si pienso en una experiencia estética, es más fácil de argumentar, y de hecho ya hay montañas de reflexiones acerca de ella. El caso es que muchas veces esta sensación la descubro a partir de disparadores impensados. Un texto que al comienzo es aburrido e insulso, una canción que escuché millones de veces, un lugar en el que ya estuve, un libro, una persona, un video que en otro momento no me produjo nada, un recuerdo, una visión, y tantos otros elementos del mundo se presentan ante mí que, con otros ojos, los resignifico, les doy nueva vida, en sentido metafórico, los relaciono con otros elementos, los desdibujo, los exprimo hasta su máximo potencial. 
No es una experiencia intencional. Me pasa cuando estoy haciendo otras cosas. Pero entonces tengo que dejar de hacer lo que sea que esté haciendo y quedarme en ese estado de contemplación absoluta y reflexión profunda. Me corro de toda convención y me dejo llevar por mis pensamientos, sensaciones y emociones hasta alcanzar un éxtasis que no se compara con nada mundano, ni siquiera con aquellas experiencias extremas que tengo el placer de vivir por tener un espíritu tan inquieto y curioso. Es algo distinto, personal y glorioso. Lo siento como un despertar hacia lo otro, hacia lo desconocido, hacia lo nunca antes pensado. 
Mientras lo experimento, no me alejo de lo cotidiano. Las cosas que me rodean siguen estando ahí. Si alguien me habla yo escucho, si alguien me escribe yo leo, si algo se mueve lo veo moverse. Pero hay algo más, en mí o fuera de mí, que se me revela. Y todo se vuelve equilibrio, perfección, libertad, plenitud, arte, vida.