Él no se da cuenta de todo lo que es.
Está en tantos lugares que ni siquiera conoce.
Lo encuentro en el agua del río, en el calor del verano, en la
luz de la luna.
En las escenas de una película.
En un libro, en un café, en el piano, en los frascos de miel.
Él es el perfume que abre mis pulmones. Está en las notas de
tantas melodías.
Él es como su mirada. A veces lejana y soñadora; otras veces
mía, presente.
Es de muchísimos sabores. Sabores y conciencia. Se expande con
cada palabra.
Aparece ante mi mente en cualquier lugar. Está en cada ducha
desde aquella ducha, está en cada café desde aquel café, está en cada verbo
conjugado en condicional.
Él marca el ritmo de lo que dictan mis ojos. Lo veo en cada
rincón de mi habitación.
Desde que llegó, todo lo que antes tenía un sentido ahora cobró
uno diferente. Ojos de viajes, manos de guitarra, él es cada una de las
constelaciones.
Está en los aviones que pasan, en los veleros del horizonte,
vuela en el juego de las golondrinas.
Él es fuego, es tierra, es aire y es agua. Se hace una parte de
mí cada vez que me sorprendo a mí misma repitiendo sus movimientos. Puede ser
león, perro, extraterrestre o arlequín. Cualquier disfraz combina con su piel.
Sus ojos vieron tantas veces la luna que por momentos lo
encuentro menguante.
El sonido de su voz es la música que más me gusta escuchar.