Hay secretos que no se cuentan ni a la propia conciencia. Simplemente nacen de un momento a otro, y sólo quedan guardados en el espacio que existe entre un cuerpo y su sombra, dondequiera que ella se proyecte: así sea una pared, un rostro o un papel, jamás podrían traspasar esa frontera. Por más que se tenga un cielo por decir, siempre queda una estrella por callar.