Eras como una llama, que se avivaba sólo cuando te veía, y luego era aplacada por una corriente turbia. Hoy esas aguas se evaporaron, y tu fuego creció a la luz de un sol de desierto, que no se apaga cuando no te veo, sino que cada día se enciende más y más…
Este fuego me da luz y calor, pero no me deja pensar –y sólo me permite soñar- en un oasis paradisíaco, en el que fuego, aire, tierra y agua se funden, creando así el más perfecto lugar en el más remoto país, la más bella maravilla de la naturaleza: el paisaje de tus ojos, mi lugar en el mundo…